El frío cuerpo de Arturo yacía en la capilla
del castillo, a la espera de la preparación del barco que, a la antigua usanza,
le serviría como mausoleo. Merlín, su viejo mago y consejero desde el día en que
le ayudó a arrancar a Excalibur de la roca donde Uther, su padre, la había
clavado, convirtiendose así en Emperador de los Britannos, custodiaba su cuerpo,
ocupándose de los ritos funerarios. Permanecía inflexible a pesar de las airadas
protestas del Arzobispo de Canterbury, que exigía un fastuoso entierro cristiano
en la cripta de la catedral. Como si alguien pudiera exigirle algo a Merlin.
Entre tanto, desgarradores gritos y lamentos se alzaban desde todos los rincones
del reino. Todo el mundo lloraba a Arturo. A nadie se le escapaba que, muerto
Arturo el Unificador, una etapa de incertidumbre y turbulencias podía asolar el
reino. ¿Quién mantendrá a raya a los sajones y evitará que invadan y dominen con
sus sangrientas hachas toda la isla?. El pueblo alzaba sus ojos y sus esperanzas
hacia los miembros de la Tabla Redonda y sus nobles y valerosos caballeros que
procedían de todos los rincones de Britannia y habían sido escogidos y
aleccionados por Arturo para defender su obra de todo mal, y mantener el orden y
la justicia que él había instaurado.
El atardecer señalado llegó, y una comitiva formada por todos los caballeros de la Tabla Redonda, con Merlín y Ginebra a la cabeza transportaban en andas el cuerpo inerte del emperador que refulgía con un esplendor y juventud que hacían que pareciese dormido, en vez de muerto tras ser alcanzado por la lanza de aquella aberración que era al mismo tiempo su hijo y sobrino al que llamaban Mordred, nacido de sus amores incestuosos con su medio hermana la bruja Morgana, aquella que robo a Merlin parte de su magia. Con la misma lanza que le destrozó las entrañas, Arturo dio muerte al hijo que intentaba arrebatarle el trono, gastando en ello su último aliento de vida.
Fue colocado sobre el barco y rodeado de flores y todos los caballeros observaron que no había ningún arma ni armadura entre su ajuar mortuorio. En la mente de todos surgía la misma pregunta: ¿dónde está Excalibur, la espada del rey?. Merlin alzo sus brazos mientras las plañideras entonaban sus cantos y lloros de despedida al rey muerto y la barca, a pesar de no soplar la mas mínima brisa comenzó a deslizarse sobre las límpidas aguas llevando a su ultimo descanso al mas increíble hombre nacido en Britannia.
Todos permanecieron en pie, conmovidos, a pesar de que la barca hacia rato que
había desaparecido en las brumas misteriosas que cubrían las aguas del lago que
rodeaba Avalon y que parecieron abrir paso para rendir pleitesía al difunto
emperador. Sólo Sir Lamorak de Galis, Lamorak el Pío como solía llamárselo por
su arraigada fe, uno de los últimos en incorporarse a las filas de la tabla
redonda, no pudo soportar el dolor por el rey perdido y abandonó el lugar entre
gritos y sollozos. Finalmente Merlin alzó la voz para recordar a todos la tarea
que Arturo les había encomendado. Debían mantener Britannia unida y en paz para
así poder rechazar a los enemigos que, allende los mares, esperaban como lobos
hambrientos para saquear la isla y subyugar a sus habitantes. Merlin sabía que,
muerto el rey, el sueño de una Britannia unida podría desvanecerse como la bruma
que cubría las aguas del lago. “Dentro de dos días, en el amanecer del día del
Cuervo, elegiremos un nuevo Emperador de Britannia. Convoco pues, para entonces,
a la tabla redonda a las puertas de la Capilla".
Todos, conmovidos por el dolor, abandonaron el lugar. Sólo Merlin se detuvo un instante para darse la vuelta, mirando el punto en el que la barca de Arturo había desaparecido poco antes en la niebla: "el Dragón se agita en su sueño -dijo para sí mientras aferraba con más fuerza su báculo- Vienen malos tiempos y esta vez, Arturo, ni tu ni yo estaremos aquí para hacer lo que ha de hacerse..."