Historia de Britannia

Cap. 4: El día del cuervo

La noche anterior al día del cuervo, los caballeros fueron poco a poco arribando a la costa de Avalon, tras atravesar las negras aguas del lago que la rodeaba. De mala gana, obligados por la necesidad de defenderse de los seres que les hostigaban provenientes de los bosques, establecieron un único campamento donde descansar juntos y esperar la llegada de todos sus antiguos camaradas. Pero no era camaradería lo que reinaba en el ambiente, sino un resquemor y un odio como sólo puede surgir de lo que antes fue una gran amistad. Aquel odio latente, encajaba con la atmósfera que flotaba en la isla. El antes grandioso castillo de Camelot era ahora poco más que un montón de escombros, de los que sólo se mantenía en pie la capilla, cerrada a cal y canto, que contenía a Excalibur y a quien fue Sir Lamorak de Galis. De los bosques que rodeaban al castillo, ahora oscuros y tenebrosos, llegaban extraños sonidos que anunciaban la presencia de desconocidas y terribles bestias. Alimañas de todo tipo rondaban por entre las piedras y oquedades o surjían de las emponzoñadas aguas en que se habían convertido las fuentes y lagunas. Una fetidez indescriptible parecía cubrirlo todo y una extraña plaga de mosquitos extendía entre el sequito de los caballeros una enfermedad que parecía querer matarlos a todos en un sólo día. Recordando glorias pasadas, el corazón de los caballeros se encogía, cuando un nuevo elemento vino a recordarles lo que un día habían sido: por el camino de la costa un hombre avanzaba caminando, fatigado, sucio, con aspecto derrotado y aun con todo con la gallardía propia de un rey. Todos reconocieron de inmediato el rostro de Lanzarote.

Casi parecían de nuevo viejos amigos, cuando se sentaron a comer alrededor del fuego mientras Lanzarote narraba sus andanzas en busca del Grial, que le habían llevado hasta el norte de la isla, al territorio salvaje de Pictland, mas allá de la muralla Antonio Pío, para después regresar con las manos vacías y dando gracias de, al menos, haber salvado la vida tras cruzar tan terrible región. Su rostro se ensombreció al comprobar que Perceval no había acudido aun a la cita. "Cuando nos separamos dijo que se dirigiría hacia el sur, y acordamos encontrarnos de nuevo aquí en esta fecha -dijo- Quiera Dios que nada le haya sucedido".

La noche pasó y el amanecer llegó sin noticias de Perceval. A pesar de las protestas de Lanzarote, los caballeros acordaron no esperar más tiempo en tan inhóspito lugar y decidieron llegar hasta la capilla y decidir allí, en presencia del guardián, quien sería el nuevo rey de Britannia.

Apenas había terminado de amanecer, las puertas de la capilla se abrieron con gran estruendo, dejando ver en su interior a Excalibur, resplandeciente a pesar del tiempo transcurrido, clavada en la roca frente a la cual se hallaba Sir Lamorak, el guardián de negra y pavorosa armadura, que les observaba a través de su impenetrable celada.

Hasta el más firme y valeroso de los caballeros presentes temblaba ante la presencia del guardián y ninguno fue capaz de articular palabra. Finalmente, la imponente figura avanzó un paso y su voz, gutural y cavernosa se dejó oír retumbando en las paredes de la capilla:

"EN VANO OS PRESENTAIS ANTE MI, EN ESTE DIA DEL CUERVO, PUES LA FUERZA QUE NOS LIGA A EXCALIBUR Y A MI A ESTE LUGAR MALDITO NO PUEDE SER ROTA SINO POR LA DECISION TOMADA POR TODOS AQUELLOS QUE TRAICIONARON EL ESPIRITU DE ARTURO. DE LOS DOCE ANILLOS SOLO ONCE PUEDO VER. HOY BRITANNIA NO TENDRÁ UN NUEVO REY".

De repente, los caballeros fueron empujados tras las puertas de la capilla por un viento surgido de ninguna parte que a punto estuvo de derribarlos y hacerles rodar por los suelos. Impotentes, vieron como el guardián avanzaba hacia la entrada sin que el viento pareciera afectarle en absoluto, hasta que, cuando se encontró junto a las puertas, estas comenzaron lentamente a cerrarse. Fue entonces cuando Sir Gawayne, espada en mano, se lanzó contra el guardián creyendo poder superarle y alcanzar a Excalibur. ¡Quieto, loco! - El aviso de Lanzarote cayó en vacío, pues antes siquiera de traspasar las puertas de la capilla, el guardián golpeo con su espada con la velocidad del rayo sobre el cuello de Sir Gawayne, separando su cabeza de sus hombros.

¡TODOS COMO UNA SOLA VOZ PROCLAMAREIS AL HEREDERO DE ARTURO, O NO HABRÁ PAZ PARA BRITANNIA NI DESCANSO PARA AVALON!

La voz del guardián bramó su amenaza en el momento en que las puertas de piedra se cerraron con un golpe seco, dejando fuera a los aterrados caballeros. Sir Bors, con lágrimas en los ojos, apretaba en su puño el anillo elector que acababa de arrancar del dedo muerto de Sir Gawayne.

Cuando se repusieron, los caballeros parlamentaron largo rato. Finalmente, acordaron que si el guardián no les permitía recuperar a Excalibur, ellos elegirían por su cuenta un nuevo rey para Britannia.

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