La mañana siguiente a su muerte, Sir Gawayne fue enterrado a orillas del lago de Avalon. Sir Bors deseaba llevar su cadáver a su Gwynedd natal, pero la emponzoñada atmósfera de la isla descomponía el cadáver más rápido de lo que hubiera sido normal. Tras el entierro, comenzó un agrio debate en el que los caballeros trataban de decidir quien de entre ellos se sentaría en el trono de Britannia. Las posturas estaban claramente enfrentadas: Galahad, Tristán, Gareth y Lanzarote eran algo más que reacios a que uno de sus compañeros, no conversos a la fe de Cristo, ostentara la corona de Britannia. Por otro lado Sir Gaheris, Sir Bedevere, Abder, Aldwyn y Sir Bors (éste último poseedor ahora de dos anillos electores) veían en los cristianos a unos fanáticos que deseaban acabar con siglos de tradición y creencia en los viejos espíritus del bosque. La decisión parecía pues poder prolongarse por siempre, pero el tiempo apremiaba pues el reino continuaba desintegrandose cada día que pasaba y la amenaza de los sajones pendía sobre sus cabezas. Para sorpresa de todos, fue Aldwyn, hijo de Sir Kay, quien ofreció una solución: "Prefiero ver Britannia en manos de un cristiano que bajo la bota de un sajón -dijo- Pero sólo a un cristiano puedo admirar y respetar como a mi rey, pues sus virtudes son de todos conocidas y van más allá de a que dios ha decidido adorar. Entreguemos la corona de Britannia a Lanzarote y Powys será la primera en rendirle pleitesía".
Sorprendidos, los caballeros asintieron con la cabeza lentamente. ¿Que britano no tenía a Lanzarote como al mejor y más puro de los caballeros?. ¿Quien desconfiaría de que, una vez fuese rey, no tratase por igual a norteños que a cristianos, a paganos que a sureños?. La mirada de todos se dirigía entonces hacia Lanzarote:
"Mis viejos amigos, nada puede llenar mi corazón de más orgullo que pensar en ser nombrado por vosotros sucesor de nuestro amado Arturo. Pero no sólo soy incapaz de verme a mi mismo como a la imagen de un rey, sino que ninguna misión puede supeditar aquella que comencé junto con Perceval hace ya casi tres años. Al mismo Dios le juré que encontraría para Britannia el cáliz de la última cena, con el que restañaremos las heridas del reino y las mías propias, pues sabed que traicioné en una ocasión a nuestro Arturo y el dolor me corroe desde entonces. He prometido que intentaré salvar la obra del rey para pagar el daño que le causé y esa es una promesa a la que no puedo faltar. Deberéis pues buscar en otra parte, pues yo no soy el rey que Britannia tanto ansía".
Tras decir esto, con los ojos cubiertos de lágrimas, Lanzarote se giró y comenzó a alejarse por el camino que llevaba hasta las barcas que les habían llevado a Avalon.
¡Dejad que se vaya! -exclamó Abder, hijo de Geraint- ¡no le necesitamos para tener un rey!
Y durante muchos años, nadie volvió a saber nada del noble Lanzarote del Lago.
Tardaron bastante en retomar la discusión, apesadumbrados como estaban tras la marcha de Lanzarote. Pero cuando finalmente lo hicieron, se echó en falta el espíritu conciliador de éste, pues los ánimos no tardaron en caldearse todavía más de lo que antes lo estaban. La discusión estaba a punto de transformarse en reyerta, cuando Aldwyn, Abder y Sir Gaheris anunciaron su firme propuesta de convertir a Sir Bors de Ganis en rey de Britannia. En ese momento, Sir Gareth, hastiado de tanta discusión, se levantó airado: ¡MALDITOS SEAN VUESTROS ROBLES, VUESTROS ESPIRITUS Y VUESTROS DRUIDAS DEL DEMONIO!.¡QUE EL DIABLO ME LLEVE SI HE DE PERMITIR QUE UN ASQUEROSO NORTEÑO PAGANO ME GOBIERNE A MI Y A MI TIERRA!. ¡POR MI HONOR QUE EL NUEVO REY QUE SALGA DE ESTA REUNION BESARÁ LA CRUZ, O YO MISMO LE REBANARÉ EL PESCUEZO POR HEREJE!
Apenas Sir Gareth había pronunciado esas palabras, las espadas de los aludidos caballeros del norte estaban desenvainadas y bien pronto hubieran buscado su sangre de no ser porque frente a ellas se encontraban de repente las espadas de Tristán y Galahad. Durante un eterno minuto, los caballeros se miraron con el odio que sólo la antigua amistad traicionada puede engendrar, hasta que la voz de Sir Bors se dejó oír con firmeza: No arreglaremos esto aquí ni ahora, pues antes que nada somos la cabeza de nuestras tierras y éstas están en peligro. Más que hermanos fuimos una vez y al veros ahora, enemigo es la única palabra que llega a mi mente. Pero son los sajones y no vosotros los que amenazan mi país este estío, y a ellos es a quien debo combatir. Pero sabed que cuando ese peligro pase, tendreís noticias nuestras desde el norte.
Mientras, a lo lejos, pasando desapercibido a los ojos de los caballeros, un negro cuervo observaba la escena posado en los restos de un muro de lo que un día fue la cámara de la Tabla redonda...
Así, los caballeros volvieron a separarse para retornar cada uno a su lugar de origen. Pero la amenaza de Sir Bors pesaba en la memoria de todos y los dos bandos recién creados no tardaron en preparase para lo que había de venir. Galahad, Tristán y Gareth, mantuvieron una reunión pocos meses después de su encuentro en la isla de Avalon. Decidieron que la única manera de defenderse tanto de la invasión sajona como de sus enemigos del norte era cohesionar sus tres territorios en uno solo. Prepararon un torneo a la antigua usanza y lucharon entre sí para ver quien sería el que considerarían como ungido por Dios para gobernar. El ganador fue Sir Tristán y los otros dos le acataron como nuevo rey del reino del sur al que decidieron llamar Dumnonia.
Mientras, en el norte, Leonis, Cornovia, Powys y Gwynedd se enteraban de la unificación de sus enemigos sureños. Decidieron reunirse en un conclave al que acudieron también druidas de los diferentes reinos y llegaron al acuerdo de crear una confederación, donde cada uno seguiría siendo un reino libre, pero apoyaría a cada miembro de forma incondicional, tanto para defenderse de los sajones como de los cristianos que pretendían imponerse y borrar siglos de costumbre y tradición. Decidieron llamarla, a instancia de los druidas, Rewyd, que en gaélico significaba "Los que no olvidan".
Mientras, lejos de allí, en el mismo instante en que ambos acuerdos se cerraban, el viejo muro donde un negro cuervo se posaba se derrumbó al abrirse la tierra bajo él en una profunda herida.
Britannia estaba rota en dos.