El temido verano llegó al fin y una alarmante noticia se extendió como un reguero de fuego por toda la isla: cientos de embarcaciones sajonas habían sido avistadas por pescadores dirigiéndose a Britannia. La desesperación impregnó el corazón de todos, mas se aprestaron a preparar a las huestes para defenderse del invasor. Pero todos sabían que si el año anterior habían sido incapaces de expulsar a los sajones de sus campamentos, cuando se les sumaran aquellos que ahora se acercaban por mar se desbordarían como una rugiente marea humana arrasando toda la isla de no ser que mediase un milagro.
Pero el milagro sucedió. Las noticias que llegaban a Rewyd y Dumnonia sorprendieron a todos. Los sajones recién llegados, atacaban sin piedad a sus predecesores en sus propios campamentos, cogiéndoles desprevenidos pues lo último que estos esperaban ver desembarcar de sus propios drakar era a un enemigo. La razón se supo al poco: los recién llegados eran los Vangaard, el segundo clan más numeroso de sajones de las tierras de Escandia. Pocos meses antes habían mantenido una lucha contra sus hermanos los Vorgard, clan al que pertenecían los anteriores atacantes de Britannia, para arrebatarles el mando sobre toda Escandia. Habían sido derrotados y expulsados en masa de su tierra, por lo que habían arribado en Britannia con la intención de establecerse allí. Pero antes, tenían que librarse de sus antiguos compañeros de pillaje, los cuales al estar faltos de noticias procedentes de su tierra, desconocían que aquellos drakar que ellos tomaban como refuerzos eran en verdad portadores de enemigos.
Los años siguientes fueron terribles para todos. Los sajones recién llegados vencieron a sus hermanos y continuaron haciendo la guerra a los Britanos para extender su territorio. Estos a su vez, creyendo que las luchas internas entre los sajones les debilitarián, no aprovecharon la ocasión para expulsarles de la isla sino que finalmente comenzaron una guerra fratricida entre Dumnonia y Rewyd. Pasaron los años y la isla fue siendo despezada por la guerra sin que ningún bando hiciera ningún avance significativo. Fue finalmente Dumnonia, gracias a su mayor cohesión y estabilidad interna, así como a ser más moderna y avanzada que su enemiga Rewyd la que empezó a despuntar y a ganar terreno. Además, los sajones estaban mucho más activos en sus frentes contra el norte, por lo que Rewyd comenzó a verse poco a poco rendida. Entonces los druidas hicieron de nuevo acto de presencia. Fraguaron un encuentro con los druidas sajones, pues en gran medida compartían tradiciones y creencias y los cristianos no eran de su agrado, pues sabía que Dumnonia empezaba a perseguir a los druidas que se encontraban en su territorio como si de endemoniados se tratase, y juntos llegaron a un acuerdo: Rewyd cedió a los sajones las tierras que se encontraban desde la isla maldita de Avalon hasta las costas del este, tierras que desde entonces los sajones denominaron Saex, por un periodo de 30 años y a cambio los sajones no intentarían extenderse más allá de esta frontera, sino que únicamente lo harían hacia el sur, hacia Dumnonia. Gracias a este acuerdo, al que se conoció como "la paz de los druidas", cambiaron las tornas a favor del norte, que pasó de encontrarse en una pinza entre dos frentes, a contar con un impagable aliado en su lucha contra Dumnonia. Pero este acuerdo no fue del agrado de todos. Muchos nobles norteños y gran parte del pueblo, veían la "paz de los druidas" como una traición contra Britannia, pues los sajones habían sido siempre sus enemigos mortales.
Ahora era Dumnonia quien se veía en graves apuros. Sus enemigos paganos ganaban terreno día a día y no paraban de llegar noticias sobre las matanzas de sacerdotes que los sajones y norteños realizaban en los monasterios que se encontraban en los territorios que iban conquistando. En un desesperado intento de reconquistar lo perdido, el rey Tristán se lanzo al ataque contra los invasores en la batalla de Witlemir y allí cayó muerto bajo el hacha de Voldar, caudillo de Saex, el cual guardó como trofeo el anillo elector que perteneció al rey.
Lorilaar, hijo y heredero de Tristán, lanzó un angustioso llamamiento a todos los países cristianos de allende el mar para que le enviaran ayuda en su lucha contra los paganos, pero ninguno contestó.
Sólo alguien a quien nadie esperaba acudió en su auxilio.