Treinta años han pasado desde el día en que el norte se convirtió en Rewyd y el sur en Dumnonia, y casi medio siglo desde que Britannia perdió al ultimo de sus reyes y un viejo mago al que ya nadie recuerda hechizó la isla de Avalon. De los doce caballeros que un día formaron la tabla redonda, sólo dos sobreviven, pues a los otros se los llevó la guerra, o la edad: Sir Gaheris, el anciano rey de Leonis, que continúa sentado en su trono contemplando el devenir de los años. Y el Caballero Guardián, Sir Lamorak, el condenado inmortal que vela a Excalibur, convertido ahora en un cuento con el que asustar a los niños durante la noche.
Durante los últimos años, Dumnonia a permanecido en tregua con Rewyd, la cual ha sido rota únicamente en algunos pequeños escarceos y contiendas. La lucha, aunque estancada y reducida a unas pocas batallas ocasionales por un pedazo de tierra, se mantiene únicamente en la frontera entre Saex y la Marca sajona. Dumnonia a continuado medrando, merced a su comercio con el exterior de Britannia, convirtiéndose en una nación rica cuyos nobles gustan de refinados placeres y donde la iglesia mantiene un férreo control sobre el pueblo, cristiano casi en su totalidad. Tan sólo en pequeñas aldeas se sigue manteniendo, casi en secreto, el culto a los antiguos espíritus del bosque y, si bien no son perseguidos como antaño, los druidas que habitan esas zonas son a menudo acusados de algún tipo de delito con el fin de hacerles desaparecer. Pero no sólo con el extranjero comercia Dumnonia. En Rewyd, la vida no es tan pacífica como en el sur. Todavía son muchas las pequeñas contiendas y reyertas entre los países que forman la coalición de reinos, en especial entre Cornovia y Leonis, ya que estos últimos reclaman la posesión de ciertas minas de cobre cercanas a su frontera, que hace ya muchos años fueron tomadas por los sajones y después reconquistadas por los cornovios, los cuales se negaron a devolverlas a sus anteriores propietarios, tomándolas como botín de guerra. Hace escasos dos años el anciano rey Gaheris ataco Cornovia con la intención de recuperar esas minas por la fuerza, pero fue rechazado. Aquello causó que Cornovia a punto estuviera de abandonar la coalición de Rewyd, a la cual aun pertenece tan solo por las presiones de Powys y Gwynedd, las cuales necesitaban que la coalición fuese fuerte en estos momentos, pues nadie sabe lo que podría suceder ahora que se cumple el plazo de posesión de 30 años que se otorgó a los sajones sobre las tierras que llaman Saex. A esto se sumó el hecho de que en Rewyd el cristianismo a ido poco a poco haciendo acto de presencia. Los sacerdotes son apenas perseguidos, al contrario que los druidas en Dumnonia, y son muchos los pueblos y aldeas que abrazan cada año la fe en cristo. Esto sucede especialmente en Cornovia. De la suma de ambos factores nació un creciente acercamiento entre Dumnonia y Cornovia. La corte del rey Abder disfruta de la riqueza que las minas les proporcionan mediante la venta del cobre a los que debieran ser sus enemigos, los dumnonios. Estos, en una hábil maniobra, fomentan el enriquecimiento de los cortesanos cornovios y les introducen lentamente en los gustos y refinamientos que ellos descubrieron hace ya años, haciéndoles, lentamente, dependientes de ellos. El pueblo cornovio detesta ver a sus nobles convertidos en marionetas dumnonias, imitando unos modales y costumbres que jamás habían tenido e incluso se rumorea que el rey Abder podría llegar pronto a abrazar el cristianismo.
Pero fue hace tan solo unos meses que ocurrió un hecho que podría dar un impensable vuelco a la situación de Britannia. Hasta Leonis llegó la noticia de que había arribado a la isla un hombre procedente de tierra santa, con una fuerte guarnición de hombres y lacayos a su servicio. Decía llamarse Ibn al Dinah. Al parecer, este hombre conocía la historia de Britannia mejor de lo que muchos nacidos en el lugar podrían presumir y hablaba sin cesar de la leyenda de Excalibur y la maldición de Merlin y afirmaba haber traído consigo la posibilidad de salvar al desmembrado reino, pues decía poseer la llave para devolver un rey a Britannia.
El rey Gaheris no tardó en convocar a ese hombre a su presencia, pero en su lugar fue un lacayo con un mensaje lo que llegó hasta su sala de audiencias:
"Larga vida a ti, noble rey Gaheris de Leonis, único miembro con vida de la tan famosa tabla redonda, cuya leyenda perdura en boca de todos en cualquier rincón del orbe. Mi nombre es Ibn Shamah al Dinah y procedo de una de las más ricas familias del lugar que vosotros conocéis como Tierra Santa. He venido hasta aquí con el único fin de ofreceros a vos y a Britannia entera un bien como hace ya muchos años no se atreve siquiera a soñar, pues sabed que porto conmigo la llave que puede abrir de nuevo al reino una época de paz y prosperidad como no se conoce desde los tiempos de Arturo el Unificador. Sabed que hace largos años, llegó hasta la casa de mi padre un hombre moribundo, aquejado de unas fiebres causadas por el agotamiento y la falta de descanso. Su nombre no era desconocido ni siquiera en lugar tan lejano al que le había visto nacer, pues grande era la leyenda que a su alrededor se había forjado: Lanzarote. De su infructuoso devenir por el mundo, que le había llevado hasta la misma Tierra santa en busca del cáliz de la última cena, solo había conseguido sacar desesperación y al fin, la muerte. Antes de morir, contó a mi padre la historia que este me contó después a mí, una historia que vos conocéis bien pues la vivisteis. La historia de un rey muerto, de la maldición de un hechicero y de un país condenado a vivir sin paz hasta que no conociera de nuevo un rey que lo gobernase y portase a la legendaria Excalibur.
Pues bien, sabed que antes de morir entregó a mi padre como pago por sus cuidados el anillo que el mítico Arturo le había regalado cuando se le aceptó en la orden de la Tabla redonda y ese es el anillo que yo hoy traigo de vuelta a Britannia. De ser cierta la leyenda, y vos sabéis que lo es, con ese anillo, junto con el que vos y el resto de herederos de los caballeros de la Tabla redonda poseéis, será posible dirigirse, dentro de cuatro lunas en el día que vosotros llamáis del cuervo, hasta las puertas de la capilla de Avalon y proclamar allí frente al caballero Guardián quien será desde ahora el portador de Excalibur y rey de Britannia. En vuestra mano queda el convocar a dicha cita al resto de poseedores de los anillos electores. Respecto a lo que yo desee hacer con el anillo que poseo una vez nos veamos en Avalon, es algo que aun no deseo comunicar.
Recibid el saludo de aquel que espera sepais aprovechar la ocasión que se os brinda de dar de nuevo un sólo cuerpo a la desmembrada Britannia".
Cuando los señores de los diferentes reinos de la isla recibieron el mensaje que les fue enviado por el anciano rey Gaheris, ninguno tuvo dudas de que el próximo día del cuervo se encontrarían, para bien o para mal, en la maldita isla de Avalon...